jueves, mayo 12, 2005

Marina y Sebastián

La noche había pasado tan lenta como una escena de película de terror, el sueño de Mariana no había llegado a su fin por la mañana cuando se volteo a su derecha y vio de repente un bulto a su costado, asustada recordó que hacía 25 años vivía con Sebastián en la misma casa donde nacieron sus dos hijos Atiza y Minús, los cuales se habían ido de casa hacía un par de años, lo mismo que ella hizo con sus padres que yacen en reposo en las tierras de la costa sur de África, donde nació.

Miro a su compañero y vinieron a su mente los primeros días en que juntaron sus vidas, pensaba en esas mañanas cálidas cuando él la tomaba por la cintura restregando su barba a su cuello y hombros, al recordar a Sebastián con sus ojos llenos de amor y sus manos seguras de pasión sobre ella, su piel se estremeció... soltó una lagrima y lamentó la perdida de aquellos despertares que se hunden en la estación del tren que no llega.

Hacía mucho que él despertaba por las mañanas para sacar la basura y amarrar a los perros en el traspatio. Regresaba a la cama un poco gélido y se recostaba a la derecha de su mujer envolviéndose para si mismo, mientras ella lo escucha respirar deslizaba la frazada hasta sus caderas aguardando que su hombre lanzará las manos a sus pechos erectos, lo dicho no sucedía y no iba a suceder pues él sólo se giraba de espaldas esperando que ella lo abrazara lo cual no va suceder ni sucederá; la espera para Marina y Sebastián se había convertido en su enemigo, los alejaba.

Pobre Marina tiene miedo de tocarle y han vivido juntos casi una vida... en lo que ella se decidía a lanzarse al cuerpo del SER que aún ama y le despierta pasión, se le hizo tarde, los minutos en que miraba la espalda de Sebastián se hicieron caracol, para ella cada respiro fue un mar de incertidumbre y su mano temblaba al estirarla queriendo alcanzar el cuello de su amor, pero el tiempo no para, él mira el reloj y tira sus pasos al baño, Marina muere entre la cama y sus ganas, el intento de besarle, de abstraer su olor a sus sentidos se fue en un suspiro que duele.

Sebastián afeitaba su barba al gusto de Marina, pero con el pasó de la rutina dejó de preguntarle –a ella, si se corta toda la barba o se deja algo de bellos en el rostro- y él diseña sus barbas pensando que a ella así le gusta aún, Sebastián esa mañana se arreglaba frente al espejo el cuello de la camisa y al reflejo de su cara se pregunta porque Mariana ya no le mima, no le toca por las noches..., pero él siguió peinando sus cabellos, y se respondió para si, quizás ya no le atraigo, apretó sus párpados contra los recuerdos que lo alejaban de ella. Se fue a la cocina por el mismo desayuno de hacía 20 años el que consiste en una tasa de café y un par de galletas.

Se lavaba los dientes con esa fuerza que parece que va tirar cada molar en cada cepillado, Mariana escuchaba el ruido pero sus pensamientos estaban sujetos a esa existencia tan vacía y falta de pasión que le calaban las ganas de vivir, las ganas de ir a un vuelo de deseos frescos y que dejaban pasar ambos por la vida tan repetitiva, tan así que ella esperaba a que Sebastián llegara al pie de la cama y le dijera: mi vida me voy, te amo, suerte en el día, ella respondería cuídate nos vemos por la noche, te amo... al sonido de un beso agrio en las mejillas.

Mariana se quedaba y se quedó una vez más en la cama como una sombra que se desliza entre las fibras de las sábanas con la lentitud de la eternidad de una pesadilla de diablos y ángeles, aplastada por la soledad se abrazaba a las almohadas pensando como habían llegado a esos despertares cuando en los primeros días, meses, años, él la besaba intensamente y le pegaba su cuerpo desnudo-tibio al suyo... y ella lo besaba con intensidad respondiendo a la excitación del sol, pero el sol se había hecho frío hasta lanzarlos al hastío.

Las cortinas empezaron a revoletear con el viento que se colaba por las ventanas, Sebastián gustaba dejarlas abiertas antes de irse, Marina odiaba que las corrientes de aires de la mañana se colara hasta penetrar su bata azul cielo, pero esta vez Marina no se levantó de inmediato a cerrar el amanecer brumoso que agitaba sus pensamientos y secaba las aguas transparentes que corrían por su cara, espero que se calmara el sollozar del viento y de sus ojos mieles, colocó sus pies en el tapete rosa y sus cabellos se deslizaron por su frente imperturbable, lazó la mirada al tocador plata y vio la imagen de sus hijos y la de Sebastián cuando..., pensó quizás hoy si vaya a caminar por el bulevar, las telas se transparentaron y su cuerpo de cinco décadas, - aun de formas sensuales- se radiografió con la gracia de los rayos tiernos de la mañana, la luz de cada día penetró hasta sus pupilas y Marina cerró las ventanas como lo hacía desde que vivía con Sebastián y las volvía abrir un par de minutos antes que llegara.

Frente a la frescura del día y las siluetas de la tierra, Marina sabía que aquel sentimiento que la unía a Sebastián era el mismo que sentía después de un cuarto de siglo, amaba las similitudes que tenía con Sebastián y lo amaba por las diferencias que tenía con ella, Marina amaba intensamente a Sebastián, ahora había tiempo para ellos pues Minús vivía en el norte de la India y Atiza había muerto, pero Sebastián sin darse cuenta dejaba cada instante en el olvido las formas del cortejo, y Marina no sabía como volverlo a enamorar, él se había convertido en un extraño en noches de besos en la frente en donde la luna escondía en umbrales estelares las sensualidad de Marina y la fuerza de amar de Sebastián, la cabalista esfera de la noche estaba matando el siempre de la ternura y el deseo, empezaban a odiar las despedidas de cada mañana.

Marina salió a caminar al bulevar y dejó una nota esa misma mañana, diciéndole a Sebastián que se regresaba, que partía para... mientras que Sebastián compraba unas flores.

La vida esperaba en una nota y unas flores en una mañana atrapada en un álbum de recuerdos.