Ayer[1] por la tarde salí a tomar un café a los portales, me senté en una de esas mesas pequeñas de tablero redondo en donde a penas entran las piernas, la vista que tomé daba frente a la calle, y podía ver cuanta gente se iban cubriendo el rostro por los vientos que han venido en estos días, lo mismo disfrutaba el aterrizaje de los rayos del ocaso a los pies los arcos.
Mientras veía como se desplazaban las figuras en el espacio, ordené como casi siempre un americano, un trozo de pastel de hojas secas y empecé a hojear las páginas de un libro que quizás este año no lo concluiré.
El chico colocó la azúcar, y dijo: ¿desea ordenar otra cosa señorita? Respondí: no; mientras absorbía lentamente el liquido somnífero, observaba como las personas regularmente no asisten solas a lugares “públicos”, hablan de todo, de muchas cosas, hasta he visto como algunas mujeres lloran, y uno que otro hombre le presiona el brazo a su acompañante, otros se absorben a besos la boca, la boca que nunca ha de tomar en esa tarde una gota del café que se ordenó, ante esos espectáculos, sólo me puedo preguntar como me veo yo cuando estoy en ese papel, y te traigo a mi memoria, y te añoro tanto que la soledad sabe mejor, pero me mata aun más.
No llevo compañía al café, al cine o la alameda, hasta he llegado a sentir que las personas piensan de mi que soy una “pobre mujer, a la que han dejado plantada”... en realidad si soy una pobre mujer que disfruta tanto estar sola, estar conmigo misma, si soy una pobre mujer, porque existen ocasiones, en que deseo ser como los demás, hablar de todo y de nada a la hora de estar como tamales en esas pequeñas mesas, porque muchas veces odio tanto que no estés...
Ayer por la tarde, después de estar absorbiendo y oliendo el café, me dirigí a casa, disfrutando el andar por esas calles viejas y empedradas, desatorando los zapatos y sintiendo el final del invierno en mi cara, amo caminar observando la calma de está ciudad... pero no siempre la soledad en las calles han sido las mejores... y eso me lo dijo las ráfagas de unas llantas cargando a un hijo de la chingada que encajo sus manos y dedos muy fuerte en mis nalgas justo cuando pasaba frente al Instituto de Cultura –por cierto un edificio muy propio de la capital-, lo único que pude hacer fue seguir caminando e irme llorando de rabia por las últimas cuadras que faltaban para llegar a mi nido.
Yo, que disfruto tanto de la soledad, hay días en que detesto que me aviente a la cara la realidad de quién es ella y a veces no es la mejor de las compañías... aun así, sigo disfrutando los días que se van en un café y en una butaca del cine donde la única mano que sujeto es la derecha de mi propia extremidad...
[1] Esté pequeña “crónica” salió a raíz de leer en Blog de JULIO SUECO (http://tj.yonderliesit.org/blog/), en escrito llamado: Querida Soledad. Lo escrito hasta aquí, son cosas que en realidad a su servidora ha sentido y ha pasado...
Mientras veía como se desplazaban las figuras en el espacio, ordené como casi siempre un americano, un trozo de pastel de hojas secas y empecé a hojear las páginas de un libro que quizás este año no lo concluiré.
El chico colocó la azúcar, y dijo: ¿desea ordenar otra cosa señorita? Respondí: no; mientras absorbía lentamente el liquido somnífero, observaba como las personas regularmente no asisten solas a lugares “públicos”, hablan de todo, de muchas cosas, hasta he visto como algunas mujeres lloran, y uno que otro hombre le presiona el brazo a su acompañante, otros se absorben a besos la boca, la boca que nunca ha de tomar en esa tarde una gota del café que se ordenó, ante esos espectáculos, sólo me puedo preguntar como me veo yo cuando estoy en ese papel, y te traigo a mi memoria, y te añoro tanto que la soledad sabe mejor, pero me mata aun más.
No llevo compañía al café, al cine o la alameda, hasta he llegado a sentir que las personas piensan de mi que soy una “pobre mujer, a la que han dejado plantada”... en realidad si soy una pobre mujer que disfruta tanto estar sola, estar conmigo misma, si soy una pobre mujer, porque existen ocasiones, en que deseo ser como los demás, hablar de todo y de nada a la hora de estar como tamales en esas pequeñas mesas, porque muchas veces odio tanto que no estés...
Ayer por la tarde, después de estar absorbiendo y oliendo el café, me dirigí a casa, disfrutando el andar por esas calles viejas y empedradas, desatorando los zapatos y sintiendo el final del invierno en mi cara, amo caminar observando la calma de está ciudad... pero no siempre la soledad en las calles han sido las mejores... y eso me lo dijo las ráfagas de unas llantas cargando a un hijo de la chingada que encajo sus manos y dedos muy fuerte en mis nalgas justo cuando pasaba frente al Instituto de Cultura –por cierto un edificio muy propio de la capital-, lo único que pude hacer fue seguir caminando e irme llorando de rabia por las últimas cuadras que faltaban para llegar a mi nido.
Yo, que disfruto tanto de la soledad, hay días en que detesto que me aviente a la cara la realidad de quién es ella y a veces no es la mejor de las compañías... aun así, sigo disfrutando los días que se van en un café y en una butaca del cine donde la única mano que sujeto es la derecha de mi propia extremidad...
[1] Esté pequeña “crónica” salió a raíz de leer en Blog de JULIO SUECO (http://tj.yonderliesit.org/blog/), en escrito llamado: Querida Soledad. Lo escrito hasta aquí, son cosas que en realidad a su servidora ha sentido y ha pasado...